jueves, 17 de agosto de 2017

Postverdad

En tiempos de la postverdad te quedas con la primera palabra, con la primera imagen.
No escarbas dentro de los libros, dentro de las mentes, en las lenguas de las gentes.
En tiempos de la postverdad no acudes a primeras, a segundas, a terceras fuentes.
No cotejas, no cuestionas, no contrastas lo que escuchas con lo que no escuchas.
Dices que no tienes tiempo suficiente.
Que el tiempo no alcanza.
Y si no alcanza para saberla, menos para decirla.

domingo, 6 de agosto de 2017

Aullido

Sería mucho mejor -pensó-, olvidar esta sensación debajo de la piel, y dejar de teorizar sobre aquellos tiempos que separaron nuestros mundos aplazados.

"Lamento mi melancolía" -dijo al fin, al hombre que la esperaba en la puerta- dispararon muchos fuegos artificiales antes de que usted llegara. No tengo ganas de salir esta noche, espero me comprenda.

Dicho esto entró nuevamente en la casa, acallando una vez más el aullido extraño e infortunado de su cuerpo, que ya no era tan suyo.



miércoles, 19 de julio de 2017

Las gallinas

A veces pienso por qué habrá cosas que le llaman tanto la atención a uno, que como que nos cautivan, nos obsesionan. Y nunca he reflexionado mucho sobre las gallinas, pero si o sí me pasa algo con ellas, no sé si me gustan o qué, pero al menos me importan. Y en realidad es como si me gustara la palabra en sí misma, es como si "gallina" fuera un símbolo, un sonido, un color, una sensación.

Mi hermano dice que tengo un fetiche con las gallinas, y puede ser que sí, no sé cuando nació ni dónde, y he intentado explicarme que quizá me llaman tanto la atención por esos movimientos rápidos y medios dinosaurescos que tienen, o el hecho de que una de mis primeras aproximaciones a ellas, a los tres o cuatro años, fuera ir a molestarlas, persiguiéndolas, y que mi mamá me dijera "no molestes a las gallinas, porque se enojan y después vienen a picotearte, a mí me pasó cuando era chica". Eso me impresionó y dio mucho nervio, ¿Cómo un pájaro tan ridículo iba a perseguirme para picotearme vengativamente?

Un par de años después, como a los cinco, estábamos con mi hermano y unos amigos de nuestra misma edad en un cerro, y nuestro amigo degolló una gallina tirándole el cogote, aunque le costó harto rato matarla porque como era chico y flaco no tenía mucha fuerza. Después, al almuerzo cuando comimos huevo con puré, comenzó a cantar alegremente: "El huevo de la gallina, de la gallina que yo maté". Ese fue el hit del verano y se nos quedó pegado, lo cantábamos todo el día entre risas medias culposas.

En fin, aun no entiendo mi fijación con las gallinas. Esta es una aproximación a ese entendimiento.

domingo, 16 de julio de 2017

imperfecta

No te permití ser imperfecto.
No me permití ser imperfecta para tí.
Y acabé con todo.
Y más tarde descubrí que lo perfecto era enemigo de lo bueno.
Y bueno ya que estamos en estas,
Tú sabes,
Casi siempre te
echo de menos.


jueves, 29 de junio de 2017

Sal

Si no quieres acabar en un manicomio, observa las nubes blancas y alargadas como huesos, mordisquea una galleta, hazte un bonito regalo, lee un libro que te lleve a otro planeta, háblale a los demás sobre tus sentimientos, usa tu cuerpo y tu mente, y cuando estés listo llena tu maleta y sal.

Frío

Últimamente ha hecho frío, 
lo sabes porque lo has vivido. 
Lo sé y por eso te lo digo
no te rías esta vez, te lo pido
Ven, quédate conmigo. 

domingo, 25 de junio de 2017

Azúcar flor, florazúcar

Comimos unos churros en la calle. La media docena valía mil pero tú le pediste a la señora del carrito que te diera sólo tres, y para que le quedara bien claro le indicaste el número tres con tu mano flaca y larguirucha.   

Como éramos dos y había que ser justos, le pediste a la señora que cortara el tercer churro por la mitad y ella te miró con ojos saltones, sacó del aceite hirviendo unos lulos de masa y te los entregó de mala gana. Como si me hubieras leído la mente, mientras caminábamos me explicaste que habías comprado sólo tres churros porque aunque te alcanzaba para media docena no querías gastarte la luca que tenías. “Prefiero invitarte a una cerveza”, dijiste.

Lentamente y sin hablar, tú me contaste tu parte y yo te conté la mía. Mientras nuestros dedos se llenaban del aceite de la fritanga, tú te tragaste de un suácate el medio churro que te quedaba, y tus pantalones negros y tus zapatos lustrados quedaron cubiertos de azúcar y te dio lo mismo. A mi también.   

Dimos unas vueltas a la manzana y yo seguía con hambre. Buscamos un lugar para tomar las cervezas pero ya no tuve ganas de ir a sentarme a un bar después de todo lo que habíamos dicho. Miré la hora y eran las once de la noche, nada tarde, pensé, pero tú estabas cansado. Nos dijimos chao en la entrada de mi edificio y desde la ventana del quinto piso te miré mientras te alejabas.


Cuando entré al departamento me di cuenta de que mis zapatos,  mi vestido y mi chaqueta, también estaban llenos de azúcar flor.