jueves, 25 de mayo de 2017

Júpiter

Es raro pero nunca se le vio a Júpiter Morales caminar con el pecho hinchado de alegría por alguna victoria, ni abatido por la pena o por el cansancio, o incluso por las catástrofes naturales de la vida de un adulto. Por el contrario, cuando llegaba del trabajo a su casa a eso de las 6 o 7 am, uno podía fácilmente pensar que nada le importaba demasiado, ni siquiera el hecho de llamarse Júpiter. Todos en el barrio tendían a pensar lo mismo, porque es que tenía un tono de voz suave, un hablar bajito y hasta dulce, y también un poco angustioso. Y en la calle, y en los bares, y en su trabajo… Él era como era. Y si se llamaba Júpiter era nada más por ser el quinto hermano, y porque su mamá creía en la alineación de los planetas y en la astrología. Y por supuesto, en los marcianos. 

lunes, 15 de mayo de 2017

Cosas que nunca pero nunca hago

Hay cosas que yo jamás hago, por temor a dejar de ser yo misma o en realidad por temor a nada, simplemente no las hago y ya. Por ejemplo jamás como un yogur de frutilla a menos que pase algo terrible que lo amerite y en ese caso lo pensaría muy bien antes de comerlo. Nunca escucho música mientras cocino, y nunca pero nunca veo series de zombies antes de dormir. Y hay muchas otras cosas que jamás haré sin siquiera darme cuenta de que no las estoy haciendo, como probarme el sombrero de Enrique VIII o llegar a mi pega caminando de espaldas. O por ejemplo nunca medito en la terraza por las noches, y tampoco echo aerosol en mi casa, y probablemente nunca sabré como se siente mandar plata por encomienda, porque es algo que nunca hago.

viernes, 3 de marzo de 2017

Mi abuela de cuento

La keka es mi abuela, la mamá de mi mamá. A quienes no la conocen, les puedo contar que es una señora algo gordita, bajita y con ojos chiquititos, como de botón. Algunos dicen que es como la abuelita perfecta, como esas abuelitas de cuento que te regalan cosas, o de esas que cuando chico te dejan los cachetes llenos de lápiz labial. 

La Keka es prácticamente un hada del azúcar –y nadie entiende por qué no ha tenido diabetes con la cantidad de dulces que come- y es una reina de las telas con florecitas, de la colonia de guaguas y de las pantuflas con ponpón.

Quizá no es la abuela más cariñosa que alguna vez haya habitado el sistema solar, pero es de esas que te miman con todo lo que esté a su alcance, y que van a tratar de darte comida hasta que tengas que irte rodando por la escalera. Y cuando te habla de algo serio, no puede evitar mirar para otro lado como si se intimidara, y cuando te hace cariño en realidad no te toca sino que te pasa sus uñas largas y puntiagudas como de brujita pero de las buenas.

La visito a veces en su casita, que es una cúpula abuelística perfecta, una cabañita en el bosque lejos del lobo, donde todo huele a dulce, todo está siempre limpio y donde en cada rincón se esconden galletitas o chocolates por si acaso, como si intentara acaparar lo más posible por si un diluvio o una catástrofe llega a dejarla sin raciones.

A fin de cuentas es una gran abuela. Su nariz puntuda y respingada como la de un ratón la hacen verse completamente indefensa, aunque tenga sus armas secretas y sepa defender bastante bien lo que es suyo. Su lunar coqueto en el pómulo recuerda a la Liz Taylor en sus mejores momentos, y no sólo es bonita: es inteligente peleadora y buena para los Sudokus. A veces se pone media niña, pero es porque siempre le han gustado las muñecas, las cajitas que no sirven para nada, los peluches, los monederos y los colores chillones: sandía, calipso y verde limó­­­­n.


Lo más triste de Paulina

Lo más triste de Paulina es que no estaba enamorada y se casaba con él en un par de meses. Lo más triste de Paulina es que se creía sus mentiras. Y no iba a dar pie atrás.

El misterio de los calcetines de cambio

¡¡¡Basta!!! Grité de nuevo. Tenía miedo de que le diera náuseas, si la gente se acercaba demasiado a ella, le daría náuseas. Habíamos vivido eso antes, hace un par de años en Santiago. Pero acá nadie podía entender una palabra de lo que decíamos porque yo no sabía Francés y ella estaba demasiado drogada para traducirme. Por eso tuve que gritar. Grité lo más fuerte que pude para que la multitud se disipara, porque un grito es siempre un grito, es un gesto universal, da igual el idioma en que se haga. Ya estaba empezando a desesperarme cuando sin querer miré dentro de su cartera y descubrí que llevaba unos calcetines de cambio. Saqué unas monedas de mi bolsillo, entré a una cabina telefónica y marqué el número. 

lunes, 2 de enero de 2017

Las cosas se precipitaron

Las cosas se precipitaron. El mundo se vino abajo la noche del aguacero en que Juan Ebaristo Aguilera había planeado asesinar a los Cortés Riquelme. 
Llovía tan fuerte en el lado poniente de la ciudad que la luz se cortó a las 11 y doña Carmen tuvo que parir a los gemelos en plena oscuridad y sin ayuda de su médico de cabecera. Como el nacimiento se adelantó nadie notó cuando 10 para las doce de la noche el perro del vecino dejó de ladrar y cayó muerto en el estacionamiento. Tampoco notaron cuando su ama de llaves, Bernardita María, murió envenenada en su cama, mientras veía Japening Con Já.
Fue en esas extrañas circunstancias que Juan Ebaristo Aguilera, un hombre de 63 años, que medía dos metros y medio, quebró la ventana de la cocina de los Cortés Riquelme para hacer justicia de una vez y asesinarlos con sus propias manos, a todos. Ningún detalle se le había escapado a Juan Ebaristo´esa noche, la lluvia, el corte de luz, el parto de aquella mujer... todo estaba previsto tal y como ocurrió.
Sin embargo las cosas se precipitaron. Antes de que el pobre infeliz pudiera entrar a la casa, el techo de la cocina de los Cortés Riquelme no pudo contener más el agua y se derrumbó sobre él.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Qué irónico, Gerónimo

Que irónico Gerónimo, de ser completo anónimo pasaste a ser icónico fenómeno. Apareces en periódicos mostrándote alegórico, paranoico y hasta camaleónico: un día eufórico y al siguiente anémico.

¿Cómo fue que te volviste adicto al tónico, Gerónimo? Qué destino tan ilógico. De tanto andar histriónico de baile en baile eufórico, no fuiste más a conciertos sinfónicos y te volviste robótico.

Ahora estás atónito: olvidaste tus códigos canónicos, perdiste el crédito simbólico y te sientes más exótico que nunca. De nada te sirvieron los rezos maratónicos, los cantos polifónicos en templos masónicos, las inyecciones de colágeno y las pastillas para cólicos. Paradójico.

Y aunque digan que fue el tónico el que te volvió neurótico, tu ya eras bucólico y disfónico antes de volverte alcohólico, Gerónimo.

Pienso en sinónimos pero salen sólo antónimos. Y te veo cada vez más melancólico, lacónico, absorto en aparatos electrónicos. Te noto claustrofóbico, falto de procesos fotosintéticos, clorofílicos y como si fuera poco abusas del diclofenaco sódico.

No tuviste la peste bubónica pero lo tuyo es peor: tienes pena crónica. Me preocupas, Gerónimo. No es bueno verte así de catatónico, espasmódico. 

Y todo por un puto amor platónico.


Ilustración: Henrietta Harris