viernes, 23 de julio de 2010

Un pedazo de infancia

Yo me acuerdo de habérmelas arreglado bastante bien cuando chica, para no aburrirme. Teníamos tele, pero más nos gustaba a mi hermano y a mí, hacer pócimas asquerosas con todos los ingredientes posibles que pudieramos hallar en la cocina, hacer pitanzas por teléfono, disfrazarnos de cosas ridículas, hacer casas de legos, casas de cojines para nuestros peluches o simplemente jugar al "pata pata" en el sillón. Me acuerdo que a los siete años mi hermano inventó un ascensor a base de poleas, cuerdas y una silla, para subirse al palto que había en el patio y resultó un éxito. Y a los cinco, yo ya tenía un pololo imaginario llamado Chin-Chin.

Preferíamos inventarnos los juegos, y lo pasábamos muy bien. ¡Pero se nos ocurría cada cosa! En el patio de atrás, teníamos un pseudo criadero de Cuyes (cobayos o conejillos de india) que comenzó con la matriarca "Macarena" y su esposo semental "Boy", y terminó con al menos 20 integrantes ratoniles, que se reproducían tan rápido, que apenas alcanzábamos a inventarles nombres originales.

Un día salimos a pasear a la familia de roedores en un coche para muñecas ultra moderno que me había regalado mi abuela. Era tan grande que hasta yo cabía dentro. Esa vez metimos a todos los cuyes dentro: Macarena, Boy, Plumerita (quien más tarde revelaría ser en realidad, plumerito), Aldo y la Kuky, y los sacamos a dar una vuelta por la cuadra. Iban algo inquietos, pero yo supuse que era porque estaban felices de que los sacaran a pasear a los pobres. De repente, mi hermano y yo tomamos el coche y comenzamos a empujarlo a toda velocidad. Corríamos con el coche de allá para acá sobre la vereda, cuando súbitamente lo soltamos... El coche se volcó cual catapulta, y todos los cuyes salieron disparados. Luego vino el trabajo de buscarlos y recolectarlos a todos, que con los nervios habían salido corriendo y ya se habían ido a la calle. Menos mal no atropellaron a ninguno y volvimos con todos a la casa, pero los pobres se pasaron un buen susto y nosotros reímos a carcajadas.




F

lunes, 19 de julio de 2010

El oro es o no es

"No todo lo que brilla es oro"
Dicen las voces de antaño,
y yo me atrevo a decir que
"No todo lo que brilla oro es"
El orden no altera el producto
así que una u otra cosa,
son la misma cosa a la vez.

Pensándolo bien, preferiría decir que
"No todo oro brilla lo que es"
Porque podría el oro esconderse
o hacerse el humildón,
para no dejar ciegos a los hombres,
o llamar tanto la atención.

Y hablando de quedar ciegos,
sería más acertado, si dijeramos que
"Todo oro brilla lo que no es"
Pero eso sería un engaño,
El oro no puede brillar de una forma
pretendiendo ser otra.

En ese caso, preferiría decir que
"Todo lo que no brilla, es oro"
Pero eso significaría que todas las cosas opacas
tendrían el honor de ser oro.
Desde las más finas piedras preciosas
hasta la basura fétida y la peor calamidad.
Es demasiado general para mi gusto.

Mejor no andarse con rodeos, mejor ser precisos
"Lo que es oro, es oro y lo que no, pues no"
¡En qué estabamos pensando cuando inventamos la otra frase!
Con esta se entiende mucho mejor.




F

miércoles, 14 de julio de 2010

Lo inevitable

El otro día pasé por tu casa, y me tiraste una maleta.
Me dolió bastante, te diré.
El tema, es que no me explico por qué me tiraste una maleta.
He pensado harto sobre el tema -no creas que no, ah?-
Y supongo que debe haber sido porque fui a tu casa el otro día.

Porque es obvio: de no haber ido a tu casa el otro día, no me habrías tirado la maleta.
Por qué otra cosa podría ser?
El problema, es que tarde o temprano iría.
Osea que de todas formas me la habrías tirado.
Pues sabías que aunque no fuera ese día,
otro día habría ido a tu casa. Y qué me habrías tirado?
Pues una maleta.

Déjame decir entonces que era inevitable.
Ni tú ni yo, tenemos la culpa,
Las maletas vienen y van.



F

domingo, 4 de julio de 2010

Tres desconocidos en una mesa

Estoy sola con mis bolsos, me voy a Talca. Que ya no aguanto Santiago, que hoy me voy, que hoy me escapo. Tengo que hacer hora eso sí. Y el patio de comidas del terminal está repleto, ni una jodida mesa disponible. Ah, pero a nadie le falta Dios y de repente al otro lado de la multitud almorzante, una mesita individual reluce ante mis ojos. Allá voy. Casi corriendo, antes de que la pesque otro. LLego ahí triunfante, mirando a todos lados como si alguien celebrara mi victoria, pero todos están en lo suyo y me siento. Me acomodo, con mi sándwich en mano -que me compré con las monedas justas- y comienzo a comerlo lentamente. Sí, estoy muriendo de hambre pero tengo que hacer hora mucho rato, así que me lo como lento para demorarme y demorarme... No me gusta que me vean sola, y haciendo nada. já!

Pero el sánwich no es eterno y se termina. Entonces saco mis libros -el As bajo la manga- y me pongo a estudiar, o tal vez hago como que estudio. En eso estoy, cuando una joven desconocida me pide un espacio en la mesa -por supuesto- le respondo, qué mejor que estudiar con compañía. El silencio es incómodo y nisiquiera pensamos en mirarnos, eso sería un atrevimiento. Y luego, -cinco minutos después- llega otro, con pinta de estudiante alternativo -¿Puedo sentarme?- Nos pregunta y asentimos. Se sienta con su hamburguesa y se dispone a comérsela también. De vez en cuando, por el rabillo del ojo, lo miro con disimulo. Pero nadie interrumpe el silencio, ninguno de los tres osa entrar en la dimensión oculta del desconocido de al lado.

Pensé por unos momentos, que hablaríamos, pero nadie dice palabra. Él come, ella come, yo estudio. Tres desconocidos en una mesita de dos por dos. ¿Hacia dónde iría cada uno? ¿Estarían haciendo hora, como yo? ¿Qué bus tomarían? Eran jóvenes. El chico, tendría mi edad o quizá un poco más. Llevaba una vieja maleta cuadrada que me pareció curiosa, y no pude seguir estudiando, la maletita esa me ponía nerviosa. Pero el joven tenía estilo, quizá era artista. Quizá le gustaba la música. Probablemente música Indie o rock diría yo. Y ahora pienso que tal vez le gustaba el cine. Y yo, que andaba con unas películas de Lynch y Antonioni en la mochila, hubiera muerto de ganas de mostrárselas. Ella estaba leyendo un papel mientras escuchaba música con sus audífonos, pero no me llamó tanto la atención como él y su maletita negra y cuadrada. Quizá había dibujos ahí dentro, o era un peluquero gay que llevaba su set de tijeras profesionales... Tal vez llevaba a alguien descuartizado en pedacitos, o tan sólo llevaba una crockera llena de sueños. Pensándolo mejor, tal vez no llevaba nada. Tal vez era la maleta la que lo llevaba a él. Pero eso no voy a saberlo nunca.

* Gabriel a veces me sorprendes!