miércoles, 1 de junio de 2016

Mala puntería

Diríase que José no andaba con miramientos. Pero que le gustaba mirar.
Miraba siempre como se mira algo por primera vez, con la cara perpleja de un niño al que le acaban de presentar a su hermano menor recién nacido. No era coincidencia que José mirara cada cosa con tanta emoción. Era porque ya no veía bien. Había perdido un ojo jugando rayuela, pero nadie le creía. 
Fue en 1991, en plenas fiestas patrias. El primo Karlos (con K), que vivía en el sur, había viajado para visitar a la familia. Cada vez que venía de visita, se convertía en una verdadera atracción porque era un gran lanzador, y no sólo por sus grandes brazos sino por su puntería: Había lanzado todo lo imaginable en su vida y siempre le achuntaba. De chico tiraba piedras planas en el rio Cau Cau, de adolescente se subía a las palmeras de la plaza para lanzar dátiles a los peluquines de los viejos, y ya más de mayor tenía casi un diplomado en tirar escupos y achuntarle siempre a las alcantarillas. 
La cosa es que ese 17 de septiembre el primo Karlos lanzó una vez más, y lanzó como nunca antes lo había hecho, pero no anduvo ni cerca. Después de tomarse unos bigoteados y en medio de los ánimos fiesteros, retrocedió 10 metros del cajón de la rayuela para tomar vuelo, volvió corriendo a toda velocidad y lanzó el tejo a unos 100 kilómetros por hora, lo que, sumado al viento que había ese día, fue el inicio de un desenlace fatal.
Nadie habría podido sospechar que el pedazo de plomo sería desviado 5 metros por el viento en dirección noroeste, que luego chocaría con el tronco de un Quillay mojado por la lluvia del día anterior, y que finalmente se estrellaría contra una botella de cerveza vacía que estaba demasiado cerca del ojo derecho de José.
Las esquirlas de vidrio se incrustaron en su ojo y fueron lo último que vio. Los que estaban ahí cuentan que José gritaba de dolor, pero después él mismo reveló que tras el accidente había quedado viendo medio extraño, como si mirara siempre a través de un caleidoscopio. 

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