domingo, 25 de junio de 2017

Azúcar flor, florazúcar

Comimos unos churros en la calle. La media docena valía mil pero tú le pediste a la señora del carrito que te diera sólo tres, y para que le quedara bien claro le indicaste el número tres con tu mano flaca y larguirucha.   

Como éramos dos y había que ser justos, le pediste a la señora que cortara el tercer churro por la mitad y ella te miró con ojos saltones, sacó del aceite hirviendo unos lulos de masa y te los entregó de mala gana. Como si me hubieras leído la mente, mientras caminábamos me explicaste que habías comprado sólo tres churros porque aunque te alcanzaba para media docena no querías gastarte la luca que tenías. “Prefiero invitarte a una cerveza”, dijiste.

Lentamente y sin hablar, tú me contaste tu parte y yo te conté la mía. Mientras nuestros dedos se llenaban del aceite de la fritanga, tú te tragaste de un suácate el medio churro que te quedaba, y tus pantalones negros y tus zapatos lustrados quedaron cubiertos de azúcar y te dio lo mismo. A mi también.   

Dimos unas vueltas a la manzana y yo seguía con hambre. Buscamos un lugar para tomar las cervezas pero ya no tuve ganas de ir a sentarme a un bar después de todo lo que habíamos dicho. Miré la hora y eran las once de la noche, nada tarde, pensé, pero tú estabas cansado. Nos dijimos chao en la entrada de mi edificio y desde la ventana del quinto piso te miré mientras te alejabas.


Cuando entré al departamento me di cuenta de que mis zapatos,  mi vestido y mi chaqueta, también estaban llenos de azúcar flor.

Malandra

Quiero que sepas antes que nada que soy una mujer bastante mala, que muchas veces no cede el asiento a las abuelitas en la micro. No quiero que después digas que no te lo advertí, que te engañé y te pasé gato por liebre. No señor. Soy mala y por eso prefiero decírtelo yo misma sin rodeos, soy mala pero mala de adentro y no porque lo diga yo, soy mala porque son muchas las maldades que he hecho en esta vida y si no me crees anda un día a la Biblioteca Nacional y revisa el archivo de prensa del 23 de agosto de 1991 donde los diarios titularon tal cual: “Hoy nació en Talca la persona más mala”. 
Soy mala aunque por fuera me vea suavecita y bien intencionada, pero de buenas intenciones está lleno el infierno y si de algo estoy segura es que yo cuando me muera me iré directo para allá porque allá es donde quisiera estar, calentita y en llamas. Soy tan mala que me llega a dar gusto, porque si algo he hecho bien en la vida es hacer todo mal: Bailar mal, vestir mal, mentir mal. 

viernes, 23 de junio de 2017

Serenata de una noche penca

La página web de la Yolanda Sultana me dijo que no hay nada que temer, que me quede tranquila no más, que ponga una velita en la tina, y que para hoy mi color es el morado. Pero, puta, yo odio el morado, por qué tienen que hacer los chicles de uva de ese color.
Sabía que no me haría bien, lo sabía. Por eso pienso en mi madre cuando escribo esto, pienso en mi padre, pero a veces pienso más en mis perros. Me encanta esa frase que dijo no sé qué escritor por ahí, que dice que mientras más conoce al humano más quiere a su perro. Fucking perros, los amo, pero también los quiero. Ahora me gustaría estar en Talca, sentada afuera, como a las 3, mientras me llega el solcito de invierno en las pecas. Me gustaría estar en el lugar favorito de los que no tienen lugar favorito. Incluyendo el desierto.   

jueves, 15 de junio de 2017

Spoiler

Por favor, no sea un spoiler. No destruya la hermosura y la quietud de un cielo de inminente aguacero, ni le cuente a nadie que un poco más adelante en la historia, ese sonido de flauta acabará ahogado en el lamento de unos perros callejeros, y que esa roja chispa va a terminar en tenue llama.
No le diga usted a esa chica que sus cuentos no los leerá nadie; ni se atreva a interrumpir a esos frenéticos bailarines para comentarles que la canción que tanto gozan acabará por cansarlos.
No lo diga aunque lo sepa, aunque tenga que tragarse el desenlace.
No se haga el pitoniso, no les prediga el futuro ni les lea el porvenir.
Quédese usted solo con el secreto.


lunes, 5 de junio de 2017

Vacaciones

Respirar y pestañear, es lo que más me gusta hacer cuando estoy de vacaciones. Incluso cuando ando media creativa, a veces puedo toser un poco, una o dos veces, o lavar la loza sin que se acumule.
Es obvio porque tengo más tiempo, y también una mente más abierta, dispuesta incluso a ir más allá: ayer me senté y miré por la ventana para ver si pasaba algo, y fue de lo más entretenido porque no pasó nada.

Cuento inclinado

Un día de pleno invierno, la casa comenzó a inclinarse levemente. Se hundía. Cuando vio lo que pasaba, Daniel corrió hacia ella con palos, maderos y rocas para sujetarla, pero para su sorpresa vio también inclinados los pinos, los edificios y las granjas, incluso a los perros y saltamontes: todos estaban medio hundidos, con un lado cayéndose como si se los empezara a tragar la tierra.
Le habían contado que eso pasaría, y él se había jurado que ese no sería su caso, que no se inclinaría aunque tuviera 30 años, la edad culmine en la que los hombres de aquella aldea comenzaban a experimentar los cambios en su cuerpo. Su abuelo Euclides Contreras, que había vivido toda la vida haciéndose el cojo para eludir la norma real de la inclinación, le había enseñado a Daniel algunos trucos para reaccionar si eso pasaba, sólo debía decir: "Oh, no no, soy indigno de inclinarme, aún soy demasiado joven".
Pero sólo era cosa de tiempo para que Daniel fuera descubierto. Era demasiado honesto y no sabía mentir.


sábado, 3 de junio de 2017

20 años

La dulce bebida de esas fiestas estupendas la hizo atraparse en una sensación diferente: No podía moverse. Sus pupilas muertas se dilataron y se sintió como el retrato en blanco y negro de una mujer de veinte años, retocado con repulsivos y vibrantes colores pastel, una imagen sin expresión, capturada por un fotógrafo ambulante que por casualidad y sin preguntarle la fotogafió en sus veinte años, en sus trémulos y despistados veinte años.

Cuando despertó de la visión, sobresaltada pensó en la incertidumbre que le originaba el hecho de no haber estado nunca en contacto con la realidad, y en lo indiferente que era ante su propia muerte. Y de un modo confuso pero urgente se dio cuenta de lo repugnantes que lucían esas minúsculas flores de terciopelo en el sombrero de su madre.