miércoles, 8 de junio de 2011

El tiempo y las muñecas

Para qué andamos con cosas, cuando niños éramos sabios, nos inventábamos mejores mundos, porque tal vez presentíamos que éste no era el lugar más amable que haya existido.
Yo al menos, estaba muy feliz en el mundo alternativo. Estaba de lo mejor dándole papillas hechas de barro y pasto a mis muñecas. Las alimentaba sanamente, las hacía acostarse temprano y las retaba mucho, cosas básicas que debe hacer una buena madre.
Pero muchas cosas pasaron y fui agrandándome como Alicia en el país de las maravillas, y fui olvidando a mis muñecas -pobres hijas, quedaron sin madre- pero mi cerebro siguió del mismo porte, cosa curiosa. En otras palabras, fuí creciendo. ¿O mejor dicho decreciendo? Quién sabe. Yo sólo pienso, ¿alguien me preguntó primero si quería crecer? al parecer nadie, y hasta el día de hoy digo, qué falta de respeto.
Yo no sé cuando acabó ese estado de eterna fascinación que tenía cuando niña. Tampoco me acuerdo donde guardé esos personajes que solía inventarme, ni por qué deje de inventarlos. ¿Cuándo perdí el gusto por meterme debajo de las mesas? ¿o por hacer castillos de cojines? ¿O por jugar a las secretarias? Tal vez nadie haya logrado sacarme eso de raíz... pero está claro que ya no tengo el mismo tiempo de antes para dedicárselo a mis muñecas, lo cual me da un poco de pena por ellas, porque deben estar pensando que soy pésima madre.

miércoles, 1 de junio de 2011

De sueños mortíferos

Hace un tiempo, soñé que quería morir a toda costa.
Le pedí a un hombre y le insistí y en que me diera de aquél veneno que él tenía.
Al principio el se resistió, dijo que yo era muy joven, pero ante mi insistencia, aceptó.
Me dió a beber del veneno y todo me dio vueltas.
Comencé a olvidar, a olvidarlo todo.
Comprendí el sentido de mi muerte y al fin le dije al hombre:
"La gracia de la muerte -ahora entiendo- es que avanzamos hacia atrás en los recuerdos y desaprendemos todo lo que alguna vez aprendimos, hasta desaparecer"
Él me miró en silencio y dijo: "Veo que comienzas a entenderlo todo. Te está haciendo efecto el veneno, y en unas horas más vas a morir"
Y yo comencé a sentir como iba desapareciendo.
Y como no podía mover más mi cuerpo.
Ni mis manos, ni mis pies, ni mi cabeza.
Había querido morir, pero ahora había comenzado a olvidarlo todo, había olvidado por qué quería morir, y ya no quería.
Pero el veneno avanzaba cada vez más, paralizándome por completo.
Me había arrepentido, ya no quería, pero ya había muerto.

martes, 17 de mayo de 2011

El ciclo sin fin

El otro día revisé mi croquera y por Dios que vergüenza sentí.

Y es que a veces me da vergüenza leer cosas que escribí en algún otro estado de mi conciencia pensando en cursilerías y arrebatada por un posible amor que según yo estaba tan cerca y era tan perfecto. Y esa imagen ridícula y casi caricaturezca del amor se desvanece de tanto en tanto y sólo quedo yo. Llega de vez en cuando, se va al otro día y vuelvo a quedar yo. Así es como llegan y pasan por la vida de uno, sin dejar más que alguna loca adécdota simpática o algún souvenir que compraron por ahí para impresionar.
Y claro, el paso siguiente a la decepción es autodestruirme un poquito (lo necesario para quedar mirando al suelo y no a las nubes, donde había construido mi ridículo castillo) y terminar por destruir el sabroso guión que tenía planeado para mi tormentosa telenovela venezolana de amor frustrada. ¿Suficiente con eso? No, aún falta la parte en que por un tiempo -no demasiado largo quizá una semana o dos- me preocupo de olvidar (y de arrepentirme por caer tan bajo)y de maldecir con mucho cariño al bribonzuelo que me hizo perder mi valioso tiempo.
Después de eso, ¡ya estoy bien! ¿No es increíble mi capacidad de tolerancia al fracaso? No habrá pasado mucho tiempo y ya estaré lista para fijarme de nuevo en el equivocado y tener un espectacular y divertido nuevo fracaso amoroso. Pero lo más irónico de todo, es que cuando ocurra volveré a ilusionarme y anotar las mismas cosas cursis en mi croquera, que después de un tiempo, volveré a leer llena de vergüenza y tiraré al basurero.

Es como un ciclo, un ciclo de reciclaje. Lo cual tiende a ser ecológico, pero no es que me guste demasiado.


F.

martes, 3 de mayo de 2011

Fuga mundi



¿Fuguémonos?
¿Qué puede querer de nosotros este maldito sistema?
Si nos escapamos tal vez no se den cuenta...
Déjalos, que sigan en su fiesta.

lunes, 2 de mayo de 2011

La vida es magia (no la magia cursi de Disney) pero sí, puede ser algo cursi de todos modos.

La vida es un acto de magia.
Si no me cree, pida algo que quiera y necesite, con muchas muchas ganas, pero no con ganas ambiciosas, más bien con ganas humildes, como si fuera usted un vagabundo hambriento pidiendo un trozo de pan. Verá como tarde o temprano, si piensa al menos una vez al día en eso que tanto quiere y tanto le hace falta, cuando haya pasado poco tiempo, lo que tanto anhelaba aparecerá frente a sus ojos. ¿No lo puede creer? Yo tampoco, me impresioné igual que usted cuando me contaron, y ahora disfruto de lo que se me concedió.

jueves, 28 de abril de 2011

pla pla plasticina

Está claro que en alguna otra parte del mundo, estamos hechos de plasticina. Antes el tema era tabú, y nadie hablaba de ello, pero ahora está mas que comprobado.
Realmente existe una versión de nosotros idéntica a la original, pero de plasticina, y eso a estas alturas es indiscutible. Igual verse a sí mismo hecho de plasticina es divertido porque nuestros clones plasticinosos son más flexibles y delicados, y su cerebro también es de plasticina. Ahora, tampoco es tan diferente del nuestro, porque aunque sea de carne, (si alguien ha tenido la oportunidad de tocarlo y además observar la poca inteligencia de algunos individuos) podría pensar que también está hecho de plasticina...
Yo no sé que tanta diferencia hay entre la carne, y la plasticina.
Tampoco tengo muy claro qué versión soy de mi misma; si la de carne, o la de plasticina, pero no creo que importe mucho, mientras sea buena, educada y cortés.

Mejorar, sabotaje, mujer, satanás.

Mejorar, sabotaje, mujer, satanás.

Fueron las palabras que más se repitieron cuando hice el ejercicio (que ya vengo haciendo hace tiempo) de anotar sin pensar, las palabras que se me vienen a la mente. Al ver las palabras, supuse que era obvio lo que mi subconsciente quería decirme, porque él y yo, nos llevamos muy bien:

"Aunque satanás se empeñe en sabotearme, sus planes no conseguirán mejorar. Lo he descubierto, y aunque se disfrace de mujer, no va a engañarme, sigue siendo él, su olor a azufre es inconfundible."

Acaso podría ser más obvio lo que había querido decirme mi subconsciente? Ahora voy a tener más cuidado con las mujeres que huelan a azufre... cualquiera podría ser satanás disfrazado.


F