martes, 14 de agosto de 2012

Salí, deje su recado

Voy a escribir un cuento infinito para esconderme en él, y nunca más voy a salir, para no tener que saludar a las visitas. Sólo voy a ser el recuerdo de mí misma y todos dirán "si era tan buena, tan santa" aunque no lo sea, porque esas cosas se dicen cuando alguien se va o desaparece. Me voy a ir a un lugar mejor, a la mentira. Ahí me voy a esconder hasta que pasen todos los días que tendrían que pasar. Voy a vomitar, estornudar, gritar y mancharme cada vez que quiera, porque ahora no lo consigo, sólo me salen sarpullidos, como la máxima expresión de lo que no sale, o como gran cosa me miro en los vidrios de las vitrinas y pongo caras feas, y claro, de vez en cuando me como un chocolate para engordar aunque no quiera. (sí, para rebelarme)

lunes, 2 de julio de 2012

Pobre del que se atreva a casarse conmigo.

Pobre del que tenga que aguantarme alguna vez.

viernes, 22 de junio de 2012

Algunas cosas que odio

- Que me mientan
- Que al hablar, no me miren a los ojos
- Que mastiquen apio cerca de mis oídos
- Que sientan pena por mí
- Tocar papel higiénico con las manos resecas
- Dormir con la luz prendida
- Los plátanos orientales
- Los pololos que hacen ruidos de monos animados para demostrarse su amor (qué bajo caen)
- las corrientes de aire
- la gente que no saluda
- la sopa de tomate fría
- la gente soberbia
- el olor a bencina




Tantos días, anhelando estrellas, soñando canciones y queriendo convertirme en mil nubes o en mil gotas de agua. Tantos días pensando en que la felicidad estaría guiñándome el ojo del otro lado de una puerta imposible, sellada con candado. Una puerta que temo tocar, mi mano se acerca y la puerta se aleja. Mi mano tiembla. Y así mismo, tantas noches de llanto de río, tantas palabras vacías que hieren como lanzas de veneno, y yo sin poder ver nada, chocando contra los muros, y luego piedras, cuchillos, garras, y de nuevo esa maldita puerta. Tantas noches a oscuras. En esa oscuridad que sólo se logra con los ojos apretados, bien cerrados. Tanto tiempo -pienso- que cuando intento ver la luz, me encandila. Los ojos me duelen al abrirlos, casi quedo ciega, pero todo está allí con una paz que parece burlarse de mis alucinaciones, todo impecable, y lo más extraño, no hay ninguna puerta.

Alzheimer

Me llevó flores de nuevo. No sé qué quiere de mí, hace más de dos años que me lleva flores. Dice que es mi esposo, que tenemos dos hijos, que si me acuerdo de Javier, o de Emilia. He intentado alejarlo, pero él insiste. Dice que ayer me acordé tanto de ti cuando nuestra Emilia se graduó, la hubieras visto, y varias cosas más. Yo no le creo. La tal Emilia no existe, y sospecho que Javier también es parte de su imaginación. Pobre hombre… se obsesionó conmigo y sé que no es un mal hombre, pero a fin de cuentas la cosa cansa. No quiero que venga más a verme. Acá he hecho varias amigas, Adela y Rosa son mis favoritas, me río de ellas a la hora del té. Pero ahora no quiero té, y no quiero que venga más el hombre. Pareciera que un día su triste sonrisa y sus manos viejas van a recordarme algo importante. Algo que olvidé y que aunque quiera, no puedo recordar. No, en realidad no lo conozco. Me hace sentir muy mal. Por favor enfermera, díganle que no venga más. F.

domingo, 25 de diciembre de 2011

La gata Ágata

Érase una vez un cuento ridículo hecho por gente ridícula para ser leído por gente ridícula.


La familia Barriga tenía una gata. Era la gata ágata, gorda y esponjosa con los ojos desbocados y mirada escrupulosa, que se sentaba todos los días a la misma hora sobre la tv, colgando y moviendo su cola sobre la pantalla cual péndulo que el tiempo anunciara. Todo transcurría siempre igual para la familia Barriga, don Rómulo traga que traga y doña Panchita rascándose la panza. Pero un día muy peculiar, Panchita fue a sentarse a ver la tv cuando la gata Ágata (por esos caprichos que sólo tienen los gatos) decidió sorprenderla dando un salto que la transportó en segundos sobre su regazo mientras Panchita tejía lindas pantitas para su nieta Susana Maraña. Al ver que el tejido había quedado arruinado por las patitas sucias de Ágata la gata, Panchita gritó: Gata irresponsable! Gata irrespetuosa! Gata irreverente! sin que nadie la escuchara, pues Rómulo ya se hallaba en el tercer sueño entre ronquidos y trozos de pizza desparramados por su cama y la gata Ágata tampoco la oyó, pues en ese mismo instante salió disparada por el ventanal sin que nadie nunca volviera a verla.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Una cajita

Esta no es una historia ficticia, me ocurrió a mí como le puede ocurrir a cualquiera. Resulta que hace un tiempito andaba como mañosa, enojada conmigo. Fue cuando decidí dejarme guardada en una cajita por unos días. Me dejé al fondo, bien escondida estaba para que no me encontraran -shht, sin hacer ruido siquiera- porque quería desaparecer, tal vez echarme de menos o saber lo que era estar sin mí. Era una idea loca, muchos me dijeron que no funcionaría. Pero funcionó... y entonces me dejé ahí, abandonada en aquella cajita para volver a buscarme cuando me extrañara.

Estuve harto tiempo sin mí, pero comencé a sentirme vacía, me echaba de menos y ya no era la de siempre. Casi me olvido de que me había dejado ahí guardado en esa cajita. Y el otro día me acordé como si nada, y comencé a extrañarme. Quise volver, sacarme de la cajita donde me había guardado. Entonces la busqué, y fue cuando me dí cuenta de que la había perdido. Ya no la tenía y no había rastros de ella. En esa cajita estaba yo dentro ¿cómo había podido perdérseme? He llegado a pensar que tal vez alguien la tiró a la basura sin saber. Y tal vez ya nunca me encuentren, pero no pierdo esperanzas. Esto me pasó a mí, pero podría pasarle a cualquiera, por eso estimado lector, le ruego que si usted encontrara una cajita roja más o menos de 10cm x 10cm con alguien muy chiquitito dentro, me la devuelva, porque esa personita es mía y el dinero no me alcanza para comprarme otra.