La dulce bebida de esas fiestas estupendas la hizo atraparse en una sensación diferente: No podía moverse. Sus pupilas muertas se dilataron y se sintió como el retrato en blanco y negro de una mujer de veinte años, retocado con repulsivos y vibrantes colores pastel, una imagen sin expresión, capturada por un fotógrafo ambulante que por casualidad y sin preguntarle la fotogafió en sus veinte años, en sus trémulos y despistados veinte años.
Cuando despertó de la visión, sobresaltada pensó en la incertidumbre que le originaba el hecho de no haber estado nunca en contacto con la realidad, y en lo indiferente que era ante su propia muerte. Y de un modo confuso pero urgente se dio cuenta de lo repugnantes que lucían esas minúsculas flores de terciopelo en el sombrero de su madre.
sábado, 3 de junio de 2017
miércoles, 31 de mayo de 2017
La municipalidad más cuica del mundo. p1
En la municipalidad más cuica del mundo, las oficinas tienen
asientos reclinables y los murales son táctiles, los baños tienen papel higiénico
de seda y los espejos son interactivos para indicarte cómo peinarte para agradarles a las
señoritas. Los techos están forrados con telas de oro y los lápices corporativos tienen diamantes en su extremo.
Todo, todo, todito es muy carísimo en esa municipalidad. Tan, pero tan carísimo que el alcalde ha posado varias veces para la revista Forbes junto a su flota de yates, y el otro día salió en portada por una entrevista donde dijo que había escogido el servicio público por amor a la comunidad.

Todo, todo, todito es muy carísimo en esa municipalidad. Tan, pero tan carísimo que el alcalde ha posado varias veces para la revista Forbes junto a su flota de yates, y el otro día salió en portada por una entrevista donde dijo que había escogido el servicio público por amor a la comunidad.

martes, 30 de mayo de 2017
Semáforo
Cuando ya estaban demasiado lejos, la mujer lloró. Le perturbaba su presencia, la calificaba de inexplicable y absurda, pero comprendió que ya no había tiempo de bajarse de la máquina y de buscar la salvación en la fuga. Los vidrios gastados de la camioneta reflejaban hostilmente los rayos del sol en su iris, mientras el semáforo daba en amarillo... y en verde otra vez.
lunes, 15 de mayo de 2017
Cosas que nunca pero nunca hago
Hay cosas que yo jamás hago, por temor a dejar de ser yo misma o en realidad por temor a nada, simplemente no las hago y ya. Por ejemplo jamás como un yogur de frutilla a menos que pase algo terrible que lo amerite y en ese caso lo pensaría muy bien antes de comerlo. Nunca escucho música mientras cocino, y nunca pero nunca veo series de zombies antes de dormir. Y hay muchas otras cosas que jamás haré sin siquiera darme cuenta de que no las estoy haciendo, como probarme el sombrero de Enrique VIII o llegar una mañana al trabajo caminando al revés. O por ejemplo nunca medito en la terraza por las noches, y tampoco echo aerosol en mi casa por miedo a dañar la capa de ozono, y probablemente nunca sabré como se siente mandar plata por encomienda, porque es algo que nunca hago.
viernes, 3 de marzo de 2017
Mi abuela de cuento
La keka es mi abuela, la mamá de mi mamá. A quienes no la conocen, les puedo contar que es una señora algo gordita, bajita y con ojos chiquititos, como de botón. Algunos dicen que es como la abuelita perfecta, como esas abuelitas de
cuento que te regalan cosas, o de esas que cuando chico te dejan los cachetes llenos de lápiz labial.
La Keka es prácticamente un hada del azúcar –y nadie entiende por qué no ha tenido diabetes con la cantidad de dulces que come- y es una reina de las telas con florecitas, de la colonia de guaguas y de las pantuflas con ponpón.
La Keka es prácticamente un hada del azúcar –y nadie entiende por qué no ha tenido diabetes con la cantidad de dulces que come- y es una reina de las telas con florecitas, de la colonia de guaguas y de las pantuflas con ponpón.
Quizá no es la abuela más cariñosa que alguna vez haya habitado el sistema solar, pero es de esas que te miman con todo lo que esté a su alcance, y que van a tratar de darte comida hasta que tengas que irte rodando por la escalera. Y cuando te habla de algo serio, no puede evitar mirar para otro lado como si se intimidara, y cuando te hace cariño en realidad no te toca sino que te pasa sus
uñas largas y puntiagudas como de brujita pero de las buenas.
La visito a veces en su casita, que es una cúpula
abuelística perfecta, una cabañita en el bosque lejos del lobo, donde todo huele a dulce,
todo está siempre limpio y donde en cada rincón se esconden galletitas o
chocolates por si acaso, como si intentara acaparar lo más posible por si un diluvio o una catástrofe llega a dejarla sin raciones.
A fin de cuentas es una gran abuela.
Su nariz puntuda y respingada como la de un ratón la hacen verse completamente
indefensa, aunque tenga sus armas secretas y sepa defender bastante bien lo que es suyo. Su lunar coqueto en el pómulo recuerda a la Liz
Taylor en sus mejores momentos, y no sólo es bonita: es inteligente peleadora y buena para los Sudokus. A veces se pone media niña, pero es porque siempre le han gustado las muñecas, las cajitas que no sirven para nada,
los peluches, los monederos y los colores chillones: sandía, calipso y verde limón.
Lo más triste de Paulina
Lo más triste de Paulina es que no estaba
enamorada y se casaba con él en un par de meses. Lo más triste de Paulina es
que se creía sus mentiras. Y no iba a dar pie atrás.
El misterio de los calcetines de cambio
¡¡¡Basta!!! Grité de nuevo. Tenía miedo de que le diera
náuseas, si la gente se acercaba demasiado a ella, le daría náuseas. Habíamos
vivido eso antes, hace un par de años en Santiago. Pero acá nadie podía
entender una palabra de lo que decíamos porque yo no sabía Francés y ella
estaba demasiado drogada para traducirme. Por eso tuve que gritar. Grité lo más fuerte que pude
para que la multitud se disipara, porque un grito es siempre un grito, es un
gesto universal, da igual el idioma en que se haga. Ya estaba
empezando a desesperarme cuando sin querer miré dentro de su cartera y
descubrí que llevaba unos calcetines de cambio. Saqué unas monedas de mi
bolsillo, entré a una cabina telefónica y marqué el número.
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