martes, 17 de mayo de 2011

El ciclo sin fin

El otro día revisé mi croquera y por Dios que vergüenza sentí.

Y es que a veces me da vergüenza leer cosas que escribí en algún otro estado de mi conciencia pensando en cursilerías y arrebatada por un posible amor que según yo estaba tan cerca y era tan perfecto. Y esa imagen ridícula y casi caricaturezca del amor se desvanece de tanto en tanto y sólo quedo yo. Llega de vez en cuando, se va al otro día y vuelvo a quedar yo. Así es como llegan y pasan por la vida de uno, sin dejar más que alguna loca adécdota simpática o algún souvenir que compraron por ahí para impresionar.
Y claro, el paso siguiente a la decepción es autodestruirme un poquito (lo necesario para quedar mirando al suelo y no a las nubes, donde había construido mi ridículo castillo) y terminar por destruir el sabroso guión que tenía planeado para mi tormentosa telenovela venezolana de amor frustrada. ¿Suficiente con eso? No, aún falta la parte en que por un tiempo -no demasiado largo quizá una semana o dos- me preocupo de olvidar (y de arrepentirme por caer tan bajo)y de maldecir con mucho cariño al bribonzuelo que me hizo perder mi valioso tiempo.
Después de eso, ¡ya estoy bien! ¿No es increíble mi capacidad de tolerancia al fracaso? No habrá pasado mucho tiempo y ya estaré lista para fijarme de nuevo en el equivocado y tener un espectacular y divertido nuevo fracaso amoroso. Pero lo más irónico de todo, es que cuando ocurra volveré a ilusionarme y anotar las mismas cosas cursis en mi croquera, que después de un tiempo, volveré a leer llena de vergüenza y tiraré al basurero.

Es como un ciclo, un ciclo de reciclaje. Lo cual tiende a ser ecológico, pero no es que me guste demasiado.


F.

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